¿Qué se lo llevó?

Por: José Ángel@poetadelrelato

Es la víspera de Navidad en Brecon, por aquel entonces, una pequeña villa montañosa de Gales. Los copos de nieve caen y caen, haciendo del paisaje blanco general un ambiente maravilloso para semejante día.

Es el 24 de diciembre de 1909 en el Reino Unido, la familia Thomas como cada año, comienza los preparativos de la cena navideña a pesar de no ser una gente pudiente. De hecho, los Thomas son una familia de granjeros.

Como cada año, la celebración sería una fiesta… Una cena familiar más amigos y algunos «invitados sorpresa». Esto último, a cargo del jefe de hogar: Owen Thomas, quien durante ese mismo día y también durante el anterior, hizo correr la voz del evento que cada año convocaba gente a compartir la alegría en su hogar.

La señora Thomas, como de costumbre, hizo gala de sus habilidades culinarias. El olor del guiso era abrumador durante la cocción, tanto que al pequeño Oliver y sus hermanos “les caía la baba” a ratos producto del sabroso aroma.

Llegó la noche y todo estaba en un ambiente tranquilo. Los invitados que hicieron caso a la cita comenzaron a llegar poco a poco. A su vez, el tiempo dio un poco de clemencia en aquel frío día, disipando las nubes y abriendo el cielo nocturno que poco a poco comenzó a tener más estrellas visibles. Los árboles y caminos nevados, junto con la oscuridad y el brillo de las estrellas, hacía de todo una magnífica postal navideña… Todo era perfecto.

La humilde granja ubicada a las afueras del pueblo comenzó a tener ambiente. El comisario y el médico veterinario local fueron parte de las personalidades importantes que acudieron a la casa con sus familias para celebrar la Nochebuena junto a estos cariñosos y queridos vecinos del lugar.

El olor de la comida recorría la casa. Los visitantes no hallaban la hora de que dieran la orden de que se prepararan. Por otro lado, los niños jugaban en los pasillos de la casa, siempre bajo la vista de los mayores.

El anfitrión de la noche, y dueño de casa, dio la orden de que se prepararan para comer… Raudamente todos tomaron sus posiciones en la mesa, el guiso junto con el acompañamiento llegó, y empezaron a disfrutar del plato de la noche.

Todos terminaron. Los adultos hicieron sobremesa mientras la señora Thomas acudió a la cocina para lavar el servicio y platos ocupados durante la cena. Los niños en tanto, volvieron a jugar mientras otros apenas podían mantener sus ojos abiertos a la espera de los regalos.

La mujer del hogar volvió para escuchar la conversación de su marido con los invitados, pero se percató de que el agua se estaba terminando, por lo que le habla a Owen y este inmediatamente llama a su novel hijo de 11 años: Oliver.

El muchacho había hecho aquella labor en innumerables ocasiones, estaba acostumbrado. El pozo estaba a unos 50 metros de la casa. No había problema en que fuera por enésima vez por un poco de agua.

El muchacho se colocó sus guantes y unas botas para “capear” el frío. Su madre, amorosamente, le colocó una bufanda para protegerlo. Ella sabía que su hijo disfrutaba de aquella labor, pero también era su deber evitar que contrajera algún resfrío.

Con un beso en la frente el chico caminó hacia la puerta, bajo la atenta mirada de su madre. Pero una vez que salió, esta volvió su mirada para contemplar a sus invitados y también a sus otros hijos.

No pasaron diez segundos desde ello en la amena noche…

De pronto, unos gritos y quejidos agudos se escucharon desde fuera de la casa…

-¡Dios mío! ¡¡¡Oliver!!!- gritó la madre.

Y la tranquilidad se rompió en un instante cuando a esto, desde el exterior, se escuchó un fuerte «¡Socorro, me llevan!». La voz ya era inconfundible, el pequeño Oliver clamaba desesperadamente por ayuda. Todos se pararon en un segundo. El comisario tomó su pistola, el padre su escopeta ubicada tras la puerta por la que el mismo muchacho había salido, el médico veterinario se hizo de un palo que encontró. Cada persona mayor en el hogar tenía algo en sus manos, y así, se armaron todos para salir.

La comitiva completa acudió al llamado, pero no había nadie afuera. El padre, temiendo lo peor, fue rápidamente al pozo para llamar a su hijo… no tuvo respuesta, aunque por la ausencia de eco en los gritos, comprendió que la voz no provenía de allí.

Una vez más escucharon la voz de Oliver, que esta vez casi llorando exclamaba «¡Socorro! ¡Me han tomado! ¡Auxilio!». La sorpresa y el terror se apoderó de todos al notar que la voz venía desde las alturas. Pero a pesar de buscar algo en el despejado cielo de Gales, sólo las estrellas acompañaban el paisaje.

El desconcierto se apoderó de todos cuando el comisario vio algo que lo paralizó e hizo mirar al resto, quienes atónitos notaron que las huellas del niño nunca habían alcanzado el pozo: estas desparecían a medio camino de manera abrupta. Unos dos metros más allá de la última pisada, se encontraba el balde, completamente seco. Oliver nunca alcanzó a recoger agua.

Todos siguieron mirando el negro y estrellado cielo… Buscaban respuesta y algún lugar donde poder encontrar al pequeño. Pero conforme pasaron los segundos, los gritos se alejaron, y eventualmente, cesaron.

El silencio se apoderó de todos y obviamente se volvió sepulcral… los copos de nieve poco a poco volvieron a caer, siendo su «baile» lo único feliz de aquella noche en que algo bajó del cielo y se llevó al pequeño Oliver Thomas.

 

 

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