Silencio de la biblioteca

Por: José Ángel@poetadelrelato

Es el año 1969 en Estados Unidos, la Guerra de Vietnam llevaba más de diez años de desarrollo y estaba lejos de terminar. Año del Festival de Woodstock y también del principal declive de la onda hippie en esas latitudes.

Esta es la historia de Betsy Aardsma, una chica empoderada y fuera de lo común por aquel entonces. Provenía de una familia conservadora de Míchigan que buscaba que se convirtiera en la clásica chica que se casa prontamente y tiene hijos. Pero al contrario, ella quería estudiar, viajar, tomar sus propias decisiones y enrielar su vida bajo sus propios términos y determinaciones.

Segunda de cuatro hermanos en la familia formada por Esther y Richard Aardsma, desde un comienzo mostró que sería distinta, pues se graduó con honores de la Holland High School de su natal Míchigan para luego ingresar a estudiar Artes e Inglés en la Universidad Estatal donde conoció a David Wright, con el que comenzó una relación amorosa. Situación que tampoco fue impedimento para que nuevamente se graduara con las máximas distinciones.

Su prometido siguió su camino de estudios en Pennsylvania, y aunque la joven tenía grandes proyecciones y un futuro prometedor, decidió matricularse en la modesta Universidad Estatal de Pennsylvania. Él comenzó a estudiar medicina y ella, pese a tener todas las condiciones para ir a una de las grandes casas de estudio de su país, prefirió estar cerca del que, ahora, ya era su prometido.

Los kilómetros no eran impedimento para que ambos se vieran. De hecho, Betsy era quien se llevaba todo el trabajo de viajar, ya que el demandante horario de David en el Centro Médico Penton State Milton S. Hershey apenas le permitía vivir y hablar de vez en vez por teléfono con la joven de 22 años.

Cada vez que se juntaban, disfrutaban su tiempo juntos; aunque David solía decir: «dentro de nada estaremos casados». A lo que ella solía responder: «aún no, somos demasiado jóvenes». A lo que también agregaba: «me gustaría poder viajar, conocer distintos lugares, ayudar a los más necesitados, ese tipo de cosas, marcar la diferencia».

Cuando los prometidos se juntaban con otras parejas amigas de David, Betsy siempre «sacaba chispas». Ella no comprendía cómo es que las chicas no aspiraban a más que ser dueñas de casa y poseer una familia junto a sus novios. Ella sabía que tenía todo para brillar con luz propia, ser independiente y no vivir bajo el alero de un hombre. Cuando escuchaba a las otras mujeres, solía sentirse incómoda, fuera de lugar… Nunca estuvo de acuerdo con ese pensamiento.

Inclusive, los roces eran aún mayores cuando expresaba su punto de vista sobre el conflicto en Vietnam, pues tampoco estaba de acuerdo. Pero una vez decía las cosas, solía llevar «la fiesta en paz» para que esto no conllevara a que su pareja tuviera mayores diferencias con sus amigos en el futuro. Era incomprendida, pero hacía todo lo que estuviera a su alcance por mantener la relación.

Si bien su actitud no era de tener muchos amigos, en su natal Michigan prácticamente no poseía amistades. Las cosas habían cambiado algo en Pennsylvania, pues había logrado una buena relación con Sharon, su compañera de habitación y también con Richard «Rick» Haefner, un hombre brillante con un doctorado en geología. El que se acercó por sentir atracción hacia la chica y buscaba pasar mucho tiempo con ella, hasta el punto de que ya había llegado a coquetear; pero sin llegar más allá, pues Betsy estaba tan enamorada que diariamente le escribía a su prometido. Esto último se volvió mucho más significativo cuando la distancia empezó a tener efecto en su relación amorosa.

El deterioro de su romance forzó a que la chica estuviera viajando mucho más seguido, situación que preocupaba a sus padres quienes apenas llegaba la muchacha a su cuarto la llamaban para sugerir que no saliera muy de noche, aunque también aprovechaban de preguntar si había ido a los «servicios dominicales». Todo conllevaba a que se sintiera prisionera dentro de la libertad de sus estudios. La preocupación de sus padres no era algo 100% aprensivo, pues estaban pasando «cosas» en Pennsylvania, como por ejemplo, que algunas mujeres aparecieron asesinadas… Ni siquiera su campus era ya un lugar seguro.

Betsy hacía caso omiso a las advertencias, pues no era una mujer fiestera, «no había nada de qué preocuparse», inclusive, estuvo con David y sus amistades para el día de acción de gracias. Todo era normalidad.

Volvió a su campus y dos días más tarde (28 de noviembre), se colocó un vestido rojo para salir con Sharon. Betsy Aardsma iba rumbo a la biblioteca en búsqueda de unos libros de arte para una investigación, nada fuera de lo común en las últimas semanas. Las chicas caminaron y conversaron, Betsy aprovechó de hablar sobre los problemas que estaba teniendo con su pareja producto de la distancia, además de que estaba cansada de tener que estar rechazando a Richard. Sharon la miraba y escuchaba atentamente, no encontraba las palabras para tratar de ayudar.

Pasadas las cuatro y media de la tarde llegaron a la entrada de la biblioteca, su amiga se despidió y con un «nos vemos luego para cenar, ¿está bien?» se alejó… Betsy asintió con la cabeza e ingresó al edificio. Tras bajar por las escaleras al sótano, le preguntó al bibliotecario por los libros que buscaba, y tras ello, volvió a subir, esta vez con destino al segundo piso.

Corrieron algunos minutos, el tibio sol y el silencio de la biblioteca no hacían sospechar que un hombre saldría exclamando por la escalera: «¡Alguien tiene que ayudar a esa chica!». Llegaron varios estudiantes hasta el segundo nivel de la biblioteca, una vez más este personaje dijo lo mismo; aunque en esta ocasión fue directamente con uno de los guardias de la entrada. La persona abandonó el edificio, y en medio de la conmoción, desapareció.

Betsy estaba tendida en el piso, «desmayada». Buscaron reanimarla en el lugar algunos estudiantes; pero nada fue efectivo. El color de su vestido no permitió notar la mancha de sangre en su pecho producto de una herida punzante que posteriormente se reveló fue un cuchillazo que perforó su corazón y cortó la arteria pulmonar. Nada tenía sentido.

No hubo gritos ni señales de forcejeo… Del arma homicida no había rastros. Aquella persona que salió pidiendo ayuda, nunca más se vio. Hasta nuestros días, no se ha podido resolver quien fue el asesino de aquella estudiante de artes llamada Betsy Aardsma.

 

 

Imagen: Flipada.com